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La «diversión» de Carlos II el hechizado

Jueves 13 de Julio, 2017
Era una niña como las demás pero para Carlos II fue una de esas criaturas extrañas que tanto le gustaban. El monarca tenía la cabeza tan mal que creyó que la niña, por su peso, podía formar parte de su equipo de gente especial. Se llamaba Eugenia Martínez Vallejo y fue condenada a servir de maravilla en la corte real…

Dicen que nació en mitad de la misa del domingo del vientre de Antonia de la Bodega Redonda, quien había acudido a la iglesia del pueblo junto a su marido José Martínez Vallejo y sus hijos. Los parroquianos de la villa de Bárcenas, actual Bárcenas de la Pieza, la vieron romper aguas en mitad del sermón. No hubo tiempo para trasladarla a otro lugar. Alumbró allí mismo, a los ojos de Dios y ante la expectación de los naturales de la villa. Su primer llanto fue el pistoletazo de salida con el que los vecinos del pueblo aprovecharon para celebrar con alborozo, aplausos y festejos la llegada de la nueva habitante. Había nacido en una iglesia, y aquello sólo podía ser signo de buen augurio.

Eugenia Martínez Vallejo, como bautizaron a la criatura, dormía bien y tenía una apetito voraz, lo que sumado a sus carnes prietas la situaba en el nivel de un bebé sano y con muchas posibilidades de salir adelante.

En aquellos tiempos los cánones de belleza eran otros, y el hecho de que la niña fuera rolliza, más que causar preocupación, fue interpretado como un signo inequívoco de buena salud. Las mujeres robustas eran garantía de fertilidad y estaban impregnadas de un halo de voluptuosidad representado en Las tres Gracias de Rubens, a menudo citadas como un tipo de belleza sensual ideal y, en todo caso, fiel reflejo de las exuberantes formas que sus modelos exhibían. Así pues, los padres de Eugenia estaban la mar de felices con su hija, a pesar de que antes de cumplir un año ya pesaba alrededor de veinticinco kilos, el doble de lo que suele pesar un niño de esa edad.

LA NIÑA GIGANTA
Fue con el transcurrir de sus años de infancia cuando el tamaño de la pequeña empezó aumentar de forma preocupante. Pesaba más de lo que buenamente podían soportar sus piernas. Con tan sólo seis años ya acumulaba setenta y cinco kilos y sus dimensiones eran tan exageradas que tuvo que intervenir el médico. El galeno pensó que se trataba de un problema de nutrición, y recomendó a los padres que le racionasen la dieta, pero no sirvió de nada. Poco a poco, fueron dándose cuenta de que la condición de la chiquilla no se debía a factores externos, sino que había nacido así. En el siglo XVII todavía no le habían puesto nombre a aquella enfermedad, pero Eugenia tenía lo que hoy conocemos como síndrome de Prader-Willi, consecuencia de un fallo en la expresión de los genes del cromosoma 15, cuyos principales síntomas son discapacidad intelectual, apetito excesivo, obesidad, retraso en el crecimiento y deficiencia en la producción de hormonas, entre otros. Afecta a una de cada 30.000 niñas y está considerada como una enfermedad rara. Así que aquella niña, a la que todos vaticinaron la más feliz de las dichas por haber nacido en una iglesia, erró los augurios y se ganó la peor de las loterías, pues debido a su aspecto, sufría la burla de los demás niños, y según parece, permanecía encerrada en el refugio de su casa.

En el siglo XVII no existía internet, ni televisión, ni radio, ni teléfono. Apenas había algunos periódicos y la mayor parte de la población era analfabeta, pero las noticias encontraban sus canales, y la voz de que había una niña monstrua al norte de la provincia de Burgos corrió como la pólvora y llegó a oídos del mismísimo monarca, Su Católica Majestad el rey Carlos II (1661-1700), apodado El Hechizado debido a su aspecto endeble. El aspecto del regente no se distanciaba mucho del de los enanos y bufones que animaban su corte, si hacemos caso a los retratos que Juan Carreño le pintó. La cuestión es que a Carlos II, como a todos los Austrias, le gustaba tener una nutrida representación de la llamada “gente de placer” a su servicio, bufones de los que sabemos por los retratos de Tiziano, Moro, Ribera, Herrera, Coello, Velázquez, Caro y Carreño, así como por los papeles de la administración real que daban cuenta de los costes dinerarios de los mismos. No eran muchos los que tenían la suerte o la desgracia de convertirse en gente de placer. En palabras del historiador José Moreno Villa “cabe decir que los Austrias gastaron un loco o enano por año”; Eugenia llegaría a ser una esas niñas palaciegas. Sus padres apenas daban crédito cuando recibieron la visita de aquel petimetre engalanado, emisario de la mismísima Casa Real, quien según explicaba, traía un mensaje del rey en persona: el monarca deseaba conocer a la pequeña Eugenia y les invitaba al Palacio Real en Madrid.

LA LLEGADA A PALACIO
Si hay algo que no ha cambiado de ayer a hoy es que no todos los días te invita el rey a palacio. Los padres de Eugenia estallaron de alegría y emoción; aceptaron con gusto la invitación –¿cómo negarse?– y soportaron los traqueteos e incomodidades del viaje en carruaje en una época en la que las distancias se cubrían con más pena que gloria, bache arriba, piedra abajo, motivados por la aventura que se abría ante ellos.

A su llegada, fueron recibidos en el Real Palacio del Alcázar, donde fueron tratados con todo cuidado y privilegio.

Podemos imaginar la impresión que aquellas gentes humildes –que probablemente jamás habían salido de su pueblo de poco más de unas decenas de habitantes– debieron experimentar al visitar la capital y entrar en las estancias palaciegas, un mundo tan ajeno y distinto al suyo, tan exótico y exuberante, rodeado de lujos y puntillas. Eugenia tenía tan sólo seis añitos y no tardaron en tomarle las medidas para presentarla ante Su Majestad. Como bien expresó Marcos Besas en La España Oculta, quizás el primer bofetón de dura realidad ocurrió cuando escucharon al sastre comentarle a su ayudante: “¡Qué guapa vamos a dejar a la monstrua!”. El escritor Fray Íñigo de Mendoza ya se había quejado años antes del dineral que los aristócratas se gastaban en vestir a sus bufones en aquella copla que rezaba: “Traen truhanes vestidos/ de brocados y de seda/ llámanlos locos perdidos/ mas quien les da sus vestidos/ por cierto más loco queda”. ¿Cómo fue el encuentro entre Eugenia y el rey? ¿De qué forma se llegó al arreglo de que la pequeña entrara a formar parte del staff de animadores de la corte?

Puedes averiguarlo en el reportaje que Mado Martínez publica en el nº145 de Historia de Iberia Vieja.

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