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Escritoras: el peligro de pensar

Jueves 21 de Septiembre, 2017
Los hombres dictaminaron que las mujeres eran inferiores a ellos. El clero, la burguesía, la aristocracia, todos, subestimaron su educación y vallaron así su futuro. Durante demasiado tiempo, las escritoras fueron marginadas en los libros de texto y sus obras condenadas al desdén o el olvido. A pesar de tantos obstáculos, su voz se ha alzado por fin y los lectores del siglo XXI disfrutamos hoy de sus palabras en igualdad de condiciones con los hombres. En el Dossier gráfico que incluimos en el número 147 de Historia de Iberia Vieja, Alberto de Frutos nos recuerda a las pioneras y traza un recorrido por los grandes nombres femeninos de nuestras letras. Por supuesto, no están todas las que son, pero son todas las que están.

Las escritoras del Siglo de Oro

FUERA DE LOS MUROS DE UN CONVENTO, apenas encontramos nombres de mujeres escritoras hasta finales del siglo XIV, cuando ve la luz La epístola al Dios de amores, de la veneciana Christine de Pisan (1364-1430), “adoptada” por Francia y considerada la primera escritora profesional de la historia: le pagaban por escribir, una excentricidad incluso en nuestros días.

Descubre otras escritoras del Siglo de Oro en nuestro número 147.

 

La mística Teresa de Jesús

TERESA DE CEPEDA Y AHUMADA, canonizada en 1622, encontró tiempo, entre sus problemas de salud y sus fundaciones, sus viajes y sus éxtasis, para elaborar una de las obras más sugestivas de la historia de la literatura española. Reformadora de la Orden de Nuestra Señora del Monte Carmelo, fundadora de las Carmelitas Descalzas y patrona de los escritores católicos, los libros de santa Teresa son indisociables de su vida y, claro está, de su fe.

La mística, que proviene del griego myein –cerrar– y alude a lo arcano y misterioso, se dio en ella por la senda más clara. Hoy, más de quinientos años después de su nacimiento, nos siguen atrayendo la llaneza y la espontaneidad de su estilo, amable y coloquial. Y es que Teresa no quería confundir a sus lectores, sino comunicar sus experiencias de un modo ameno e instructivo. En el Libro de la vida, su primera obra, escrita ya en plena madurez, mira hacia atrás y recuerda cómo el Señor la despertó en su niñez para las “cosas virtuosas”. La Inquisición, atenta a sus movimientos y palabras, la examinó con lupa, en la sospecha de que sus páginas albergaban engaños para la fe o resabios de iluminismo, una especie de secta considerada herética por el Santo Oficio. Finalmente, salió con bien de la prueba y el teólogo que redactó la censura señaló que no había encontrado en el libro “mala doctrina”. Indiferente a los interrogatorios y las amenazas, Teresa tenía, sin embargo, algo que “esconder”: descendía de judeoconversos. Su familia se mudó de Toledo, de donde eran originarios y donde concluyó el Libro de la vida, a Ávila, ciudad en la que esperaban pasar desapercibidos.

Románticas y realistas

EN EL CONTEXTO DEL ROMANTICISMO, hubo varias corrientes que revitalizaron la lengua de distintas regiones españolas. El Rexurdimento gallego nos dio a Rosalía de Castro. El siglo XIX encuentra en esta poetisa y novelista santiaguesa, que cantó como nadie las bellezas de su tierra natal, a una de sus mayores _guras literarias. En un tiempo en el que no era habitual ni estaba bien visto escribir en gallego –se consideraba un dialecto desprestigiado–, Rosalía de Castro (1837-1885) contribuyó a dignificar esta lengua, merced a obras como Cantares Gallegos o Follas Novas; si bien, hacia el final de su vida, compuso En las orillas del Sar en castellano.

La vida privada de Rosalía fue muy desgraciada: hija (ilegítima) de un sacerdote, pasó la infancia al cuidado de familiares lejanos, su salud fue siempre quebradiza, conoció la muerte de uno de sus hijos y los apuros económicos fueron una constante a lo largo de su trayectoria. Todas estas angustias influyeron en su obra y le dieron un carácter intimista, subjetivo, reconcentrado, en el que ahondó en el infortunio del amor y se solidarizó con la pobreza del pueblo gallego, a la vez que cultivaba la novela con títulos como La hija del mar o Flavio, hoy no muy conocidas.

Rosalía de Castro falleció en Padrón a la edad de 48 años, aquejada de cáncer. Quiso que sus hijos quemaran sus obras inéditas, y sus últimas palabras fueron: “Abre esa ventana, que quiero ver el mar”.

Las que nos enseñaron a leer

Quizá el nombre de María Lejárraga (1874-1974) no nos diga mucho, pero, tras ella, se esconden las obras que granjearon la fama de su marido, el dramaturgo Gregorio Martínez Sierra, para quien escribió la mayoría de sus textos y a quien regaló su talento... a cambio de nada.

Conoce muchas más mujeres escritoras en el nº147 de Historia de Iberia Vieja

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