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El invencible Antonio Barceló

Lunes 19 de Diciembre, 2016
La figura del almirante de la Armada española Antonio Barceló pedía a gritos un rescate editorial de la mano de uno de los mejores historiadores navales de nuestro tiempo. Agustín R. Rodríguez ha recuperado su figura cuando está a punto de cumplirse el tricentenario de su nacimiento

Cuando está a punto de cumplirse el tricentenario de su nacimiento, el historiador naval Agustín R. Rodríguez, ha recuperado la figura del almirante de la Armada española Antonio Barceló. Hay unos cuantos años oscuros en la vida del Almirante, desde su entrada como oficial en la Armada y 1762, que inexplicablemente no aparece mención alguna de él, pues fue siempre un marino dedicado a su profesión por entero y activo hasta el agotamiento. Seis años en blanco que no sabemos si se deben a la pérdida de documentación o a circunstancias personales de cualquier índole. Tampoco se producen ascensos, con lo que parece demostrado que su actividad, al menos en este plano, fue de no gran importancia. Pero no tardarían las cosas en cambiar, y de forma espectacular.

Del primer combate y de la primera victoria como teniente de navío efectivo, nos da cuenta la Gaceta de Madrid del 15 de junio de 1762: También avisa el Capitán General de Cataluña, Marqués de la Mina, que habiendo tenido noticia en el puerto de Salou de otro pingüe (variante del jabeque) de moros, del porte de 10 cañones y 104 hombres, el teniente de navío D. Antonio Barceló salió a darles caza con los jabeques del rey Cuervo y Catalán, de su mando, y sin desgracia alguna en estas dos embarcaciones, logró al muy poco tiempo encontrar y rendir la enemiga, cuya pérdida, en una hora que duró la acción, fue de 14 muertos y 5 heridos, entre los cuales quedó el arráez (capitán), y con aviso de haber otros corsarios argelinos que infestaban aquellos mares, continuó en su busca, dejando su presa en Barcelona.

LA LUCHA CONTINÚA
No era un eufemismo lo de que continuaba su lucha, pues apenas siete días después, la Gaceta daba cuenta de una nueva victoria.

Entre 1762 y 1763, su palmarés de victorias fue realmente impresionante, lo que demuestra por otra parte que sus patrullas eran incesantes, pues apenas conseguida una, en vez de descansar y celebrarla debidamente en tierra, el bravo marino continuaba su misión, sin más escalas que las necesarias para reponer munición, provisiones y aguada, o dejar en puerto a sus presas.

El ganador de la XIV edición del premio Algaba de Biografía, Autobiografía, Memorias e Investigaciones Históricas explica en su libro que, de nuevo vuelve a haber un vacío de noticias sobre Barceló durante los casi tres años siguientes, pero cuando se reanudan no pueden ser más dignas de asombro.

Ahora, con el jabeque de su mando, el Atrevido, acompañado de su hermano José. Aunque a la postre no se pudiera apresar ni hundir al corsario enemigo, no cabe duda de que soportó un gran castigo, así como numerosas bajas, unidas a las que sufrió la parte de su dotación que pasó a marinar la saetía, hundida en el combate, con lo que, si no se pudo recuperar, al menos no sirvió al enemigo.

Aparte de la mala mar y el mucho viento, los combates fueron en la oscuridad, dada la hora y el mes del año.

Los continuos éxitos de Barceló no dejaron de impresionar a todos, incluso al propio rey Carlos III.

Todo un honor, y más en aquella época. No tiene nada de raro que Barceló fuera ya un héroe popular, cuyas hazañas eran comentadas y celebradas en corrillos y reflejadas en coplas, refranes y dichos, cuando no en cuentos y consejas de la literatura oral, hoy casi por completo desaparecidas.

LA EXPULSIÓN DE LOS JESUITAS
Pero la disciplina y el deber imponen nuevamente obedecer órdenes por más que estén en contra de nuestros principios y nos distraigan de la misión principal.

Se dio el caso, poco después, de que estalló el llamado “motín de Esquilache”, que llegó a hacer temer por convertirse en algo muy serio, y que forzó finalmente a Carlos III a prescindir de su ministro.

Pronto se acusó a los jesuitas de estar detrás de los altercados, y eso, unido a la dependencia directa del Papa de la Compañía de Jesús no podía sino desagradar al monarca.

Lo cierto es que el 2 de abril de 1767 se dio orden terminante e inmediata de expulsión de España y de América de todos los jesuitas, con suma urgencia y operando en secreto, para evitar posibles desórdenes.

A todos los residentes en los territorios de la Corona de Aragón se les concentró en Salou y se dieron órdenes inmediatas a Barceló para que los condujese a los Estados Pontificios. Eran más de quinientas personas, en 13 pequeñas embarcaciones, que debían ser escoltados por Barceló y sus jabeques Atrevido, Catalán y Cuervo.

La expedición hizo escala en Mallorca para recoger allí a los jesuitas detenidos en Mallorca e Ibiza, poniendo rumbo a Civitavecchia, en los Estados del Papa, para dejarlos allí, llegando sobre el 13 de mayo. Pero el entonces ocupante de la Sede de San Pedro, Clemente XII, se negó en redondo a admitirlos, no por tener algo contra ellos, sino para no prestarse a facilitar la expulsión.

Así que Barceló puso rumbo a Córcega, entonces perteneciente a la República de Génova, con la intención de que aceptasen su desembarco en Bastia, a lo que las autoridades igualmente se negaron. Al fi n, el hastiado marino los dejó en Bonifacio el 4 de septiembre, poniendo luego rumbo de regreso a puertos españoles.

HOMBRE DE FE
Cabe imaginar sus sentimientos, cuando se le había distraído de su importante cometido de perseguir la piratería en los meses más aptos para la navegación en el Mediterráneo, de comienzos de abril a fines de septiembre.

En Cartagena, a 31 de octubre de aquel año, escribía al Ministro de Marina, Don Julián Arriaga, que había realizado la comisión del: ...transporte de los Regulares de la Compañía, cuyo desembarco conseguí superando embarazos y todavía con el coste de más de dos mil pesos de mi bolsillo... Como se le ofreciera compensar los gastos, contestaba el 7 de noviembre: En cuanto al particular de los dispendios hechos en la expresada Comisión del transporte, permitirá VE me niegue a que se me embolsen, dándose SM por bien servido en el cumplimiento de mi obligación...sin intención de remota reintegración. Y así lo reproduzco a VE para que se sirva exonerarme de tratar más el asunto.

Está claro que a Barceló, de profundas convicciones católicas, el asunto le había desagradado profundamente y no quería ninguna indemnización. Por lo mismo se advierte que habla siempre de “transporte” y no de expulsión.

La medida, muy extendida entre las cortes ilustradas europeas de entonces, tuvo consecuencias desagradables para España, al privarla de un buen puñado de eruditos, pero las tuvo aún peores en Paraguay y Argentina, pues la colonia de Misiones quedó desarticulada, permitiendo la entrada de brasileños esclavistas y provocando una guerra con Portugal.

En cuanto a los bienes de la orden en España, por supuesto fueron expropiados y subastados en benefi cio de la Corona y de los que las adquirieron. No sabemos si lo recaudado bastó para compensar lo perdido en Misiones y el coste de la subsiguiente guerra con Portugal en Paraguay. Por no hablar de los expulsados y de los daños causados por la piratería aquel año que Barceló no pudo evitar.

EL REY DE LOS JABEQUES
De vuelta ya a su misión habitual, Barceló no tardó en conseguir nuevos triunfos. Claro que no siempre las victorias eran tan claras como las últimas que hemos contado, porque la mar es como es y porque el enemigo también aprendía de sus derrotas. Y aunque es bien cierto que Barceló no fue el único marino español, ni mucho menos, que en esa época mandó con éxito jabeques, no lo es menos que fue el que mejor los utilizó y el que más éxitos tuvo con ellos, sirviendo de ejemplo y hasta de maestro a otros muchos

Lee el artículo completo en el nº138 de Historia de Iberia Vieja

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