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José Zorrilla entre tumbas

Viernes 18 de Noviembre, 2016
José Zorrilla nació en Valladolid el 21 de febrero de 1817. El autor del Tenorio pasó varios años en América retraído en ranchos y apartadas haciendas, intentando negocios ilusorios y dando lecturas poéticas en Cuba y en México. Aquí algunas de sus frases más célebres.

El autor más popular del Romanticismo fue, por encima de todo, un poeta: nunca pretendió un cargo público, ni hizo malabares de bufón para congraciarse con el poderoso de turno.

Su padre, un absolutista intransigente, lo despreció por su entrega a la literatura y su vida bohemia.

Tras alcanzar la notoriedad en el homenaje a Larra, no le importó calzarse las botas del difunto: El Español le ofreció la vacante del articulista, mientras él empezaba a relacionarse con la elite intelectual del país. De la noche a la mañana, Harttonces, el público le había empezado a dar la espalda.

La “fascinación” que, en palabras de Emilia Pardo Bazán, habían sentido todos los españoles por Zorrilla, había declinado en los últimos años de su vida, si bien reverdeció tras su segundo entierro en Valladolid, su ciudad natal, adonde fueron trasladados sus restos desde Madrid tres años después de su muerte.

Asistir a una representación de Don Juan Tenorio, lo que antes era viable el Día de Todos los Santos, es la mejor lección para entender el movimiento romántico: la bruma de los escenarios, el cementerio, los espectros, la pasión desatada, los celos, la muerte, la salvación o incluso el historicismo, puesto que la obra se desarrolla en la Sevilla de mediados del siglo XVI, conforman las claves de su teatro

Fortuna que se canta siempre se la lleva el aire

Yo no soy ya lo que fui: y viendo cuán poco soy, dejo a los que más son hoy pasar delante de mí

En mi patria sólo llevo mis versos por capital

Un recuerdo en cada piedra que toda una historia vale, cada colina un secreto de príncipes o galanes

Yo he nacido castellano; mas doquiera que me he visto, soy cristiano, y como Cristo prediqué fraternidad

Por donde quiera que fui, la razón atropellé la virtud escarnecí, a la justicia burlé y a las mujeres vendí

¡Por Dios, que dormida la creí! La muerte fue tan piadosa con su cándida hermosura, que la envió con la frescura y las tintas de la rosa

Clamé al cielo, y no me oyó. Mas, si sus puertas me cierra, de mis pasos en la Tierra responda el cielo, no yo

Así por sus altos fines dispone y permite el cielo que puedan mudar al hombre fortuna, poder y tiempo.

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