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Luisa Isabel de Orleáns La reina efímera y loca

Martes 15 de Agosto, 2017
Apenas estuvo ocho meses sentada en el trono de España como reina consorte, pero su comportamiento puso patas arriba a la realeza española y llenó de escándalos y sofocos tanto a la familia real como a toda la sociedad española. Por: Carlos Montero Rocher

Luisa Isabel de Orleáns estaba literalmente como una cabra y su vida de excentricidades y salidas de tono la han hecho, si cabe, más famosa que el hecho de llegar a ser reina de un país como España. Su vida comienza el 9 de diciembre de 1709 cuando Françoise Marie, hija ilegítima de Luis XIV, el Rey Sol, da a luz en Versalles a la quinta hija de Felipe, sobrino del monarca y duque de Orleáns.

Felipe de Orleáns no ejerce de padre amantísimo debido a la frustración que siente por los ninguneos de su tío el rey quien parece no ver en él, o no quiere ver en él, el potencial que posee el duque y lo relega a un papel de segundón que, además de ser casado con una hija bastarda del monarca, le aboca a una vida llena de excesos y vicios alternando juergas y coleccionando amantes a diestro y siniestro.

Y por si esto fuera poco, el quinto alumbramiento de su esposa trae a otra niña al mundo. Si por lo menos hubiera sido varón, quizá el duque le hubiera hecho algo más de caso. Y lo más grave es que su propia esposa, Françoise Marie, que se ha dejado llevar por el hastío y el aburrimiento, literalmente deja de ocuparse de todos sus hijos tal y como lamenta su propia suegra, Isabel Carlota de Baviera: “Nunca he visto a unos niños tan miserablemente educados. Un día pregunté a su aya por qué no estaba criando a estos niños como hizo con mis propios hijos y ella me contestó: con sus hijos yo contaba con su apoyo, pero cuando empecé a ocuparme de éstos su madre se reía en mi cara, a coro con sus hijos cada vez que yo presentaba una queja”.

En este ambiente de total descuido por parte de sus padres crece la pequeña Luisa Isabel. Es tal la ignorancia a la que es sometida que apenas cumplidos unos años de vida es enviada interna a diferentes conventos de los que no tarda en ser expulsada dada la desobediencia, rebeldía y despotismo de los que la pequeña hace gala.

EL REGENTE DE FRANCIA
Para entender cómo una niña tan pésimamente educada pudo llegar a ser reina de España, hay que buscar las respuestas en la figura de su libertino padre, Felipe de Orleáns, quien vive amargado por el ninguneo por parte de su tío, Luis XIV, que apenas le da algún cargo de cierta importancia. Tan solo ha tenido ocasión de demostrar su valía ayudando a Felipe V a guerrear contra los partidarios del Archiduque Carlos. Al terminar la guerra de Sucesión y de vuelta a Francia, Felipe de Orleáns se ve de nuevo abocado al ostracismo, lo que le empuja a una vida donde el sexo, el alcohol y los excesos le labran una fama de libertino a pesar de que, en su interior, el duque de Orleáns alberga la esperanza de sentarse en un trono algún día. Pero el astuto monarca francés ha planeado un futuro para su díscolo sobrino. Pocos días antes de morir el Rey Sol, que ha sobrevivido tanto a su hijo como a su nieto y está a punto de dejar es un niño de tres años como heredero a la corona, decide nombrar a Felipe de Orleáns regente de Francia.

Pero Felipe quiere más. Sabe que es muy difícil que llegue a ser rey de Francia, pero ve en España un objetivo mucho más asequible a sus planes de hacerse con el poder y es que, según el embajador francés, el duque de Saint-Simon –que hace de espía para el regente–, el monarca español sufre desarreglos mentales que pueden a afectar a la corona española.

FELIPE V, UN REY DEMENTE
Las noticias que llegan desde España sobre la salud de su monarca no son buenas. Desde 1717, cada vez son más frecuentes sus alucinaciones y Felipe V pasa de un estado de ardor sexual, solo saciado por su mujer Isabel de Farnesio, a pensar de que su muerte se acerca y le sobrevienen ataques de pánico que provocan que exija a su confesor que esté con él mientras duerme para que rece por él.

Felipe V está exhausto y sus brotes de locura se hacen cada vez más frecuentes hasta el punto de que, cuando se suceden, deja sus obligaciones hasta que su estado recupere la normalidad.

Felipe de Orleáns ve ahí su posibilidad de ejercer su infl uencia y poder sobre España. Sin embargo, cuando mejor pintan las cosas para sus intereses, el monarca español, casi milagrosamente, recupera la normalidad dejando atrás los demonios que perturbaban su mente y retoma el mando de su nación como si nada hubiese ocurrido.

Pero de nuevo, el regente francés vuelve a fi jar sus ojos en el trono galo al saber que la salud del futuro Luis XV no es del todo buena. En esta tesitura, no quiere perder la posibilidad de hacerse con el trono francés, si es que fi nalmente el niño rey no llega a la edad adulta, ni la opción española. Decide entonces ofrecer un pacto de colaboración con España para blindar ambas coronas ante las amenazas que puedan surgir de naciones como Austria. Esta nueva situación hace que, casi por primera vez en su vida, el ambicioso regente se acuerde de que tiene una hija llamada Luisa Isabel de Orleáns y que puede serle útil en sus planes.

LAZOS DE SANGRE
Se decide un pacto de colaboración mediante la creación de una cadena vinculante entre los dos reinos. Solo falta buscar los instrumentos que permitan crear ese vínculo y, por fi n, se encuentran en 1721 cuando se acuerda un doble matrimonio entre niños de uno y otro país.

Por un lado, Francia ofrece a Luis XV, quien deberá contraer matrimonio con la infanta española María Ana Victoria, que tiene solo tres años. Por otro, el heredero al trono español, el infante Luis contraerá matrimonio con Luisa Isabel de Orleáns, que en realidad es su tía, y quien hasta ese momento vive ajena a todos los tejemanejes reales. Es tal la indiferencia que crea en su familia que solo en el momento en que se la elige para ser casada, se cae en la cuenta de que no tiene nombre de pila y ni siquiera ha sido bautizada. Se decide ofi ciar en una misma ceremonia su bautizo, comunión y confirmación.

La pareja se conoce el 19 de enero de 1722 en la aldea de Cogollos y, a pesar de que Luis queda prendado de ella, ya se comienza a vislumbrar el tipo de persona que es Luisa Isabel a tenor de la descripción que de ella hace el duque de Saint -Simon: “La princesa de Asturias no puede disimular su carencia de educación. Se muestra engreída con sus damas y abusiva de la bondad de los reyes. Descubre inclinación hacia el príncipe y complacencia hacia los infantes, desatención por casi todo el mundo, escasa memoria de sus padres y aun de Francia, exceso de mimo y obstinación en todos sus caprichos”. Al día siguiente tiene lugar la boda en Lerma y mientras el príncipe Luis hace su entrada en la iglesia con paso y elegante y grácil, su futura esposa lo hace de manera desganada. Después del banquete tiene lugar un hecho polémico puesto que la noche de bodas no se vive de la misma manera en España que en Francia, ya que en este país es costumbre el matrimonio se consume en presencia de testigos.

A pesar de que se trata de dos chiquillos y de que Felipe V no está muy convencido de ello, se da luz verde a esta costumbre y tanto los reyes de España como un nutrido séquito, en el que no faltan representantes franceses, observan cómo dos niños se acuestan juntos en la misma cama al tiempo que se corren unas cortinas de terciopelo alrededor del lecho que impiden que la escena tenga tintes más inmorales.

Un cuarto de hora después, un sofocado Luis y una sorprendentemente tranquila Luisa Isabel son separados por el mayordomo y la camarera mayor al tiempo que se dan órdenes de que hasta Francia llegue el mensaje de que el matrimonio ha sido consumado a pesar de que marido y mujer han permanecido, en realidad, tumbados boca arriba y sin ni siquiera tocarse, ya que así lo ha dispuesto Felipe V. 

UNA NUEVA VIDA
Los reyes españoles hacen una vida independiente a la de sus hijos y alternan su residencia entre los muchos palacios que poseen, dejando a los príncipes de Asturias en el palacio del Buen Retiro. La vida del joven matrimonio es aburrida e insulsa. Luis y su hermano Fernando se sacuden el tedio cazando durante días enteros mientras que Luisa Isabel, por su parte, se divierte de la única forma que sabe: haciendo trastadas a diestro y siniestro a quien quiera que, no importa rango o posición social. Pero estas faltas de respeto y del más mínimo decoro, no solo no son perdonados sino que además son justificados ya que todos piensan que, a fin de cuentas, la princesa de Asturias no es más que una niña y que, a medida que vaya madurando, su actitud se enderezará.

Luis vive obsesionado con su esposa. La frustración de la primera noche no ha hecho sino acrecentar el ya de por sí irrefrenable deseo propio de un adolescente.

Deseo que aumenta cuando surge la imposición real de que el matrimonio duerma en habitaciones separadas y apenas puedan rozarse. Luisa Isabel es tan niña que ni siquiera ha tenido su primera menstruación, por lo que el heredero al trono debe esperar. La ocasión llega en 1723 cuando, tras más de un año de casados, Luisa Isabel tiene su primera regla y, por fin, Felipe V accede a que su hijo, de dieciséis años, disfrute de los placeres de la carne con su esposa.

Se lleva a cabo un ritual llamado Festín de alcoba, el cual tiene lugar en El Escorial. En este rito, el rey hizo desnudarse al príncipe en su presencia haciendo lo mismo la reina con su nuera para, una vez tumbada, traer al príncipe y dejarla con su esposa antes de salir.

Pero lo que para Luis ha sido como tocar el cielo, para su joven esposa el sexo se traduce en indiferencia. Ella prefiere seguir haciendo barrabasadas. Quizá contribuya a esta falta de interés el hecho de que su marido, a pesar de ser hijo de un verdadero adicto al sexo, no tenga ni la más mínima idea en la intimidad de su alcoba, ya que su padre –ni nadie al parecer– nunca ha tenido una charla en profundidad con él sobre estos temas.

Con todo, y a través siempre de cartas, Felipe V da consejos vagos a su hijo para que este sepa cómo y dónde hacer lo que a su padre le tiene sorbido el seso. Pero apenas tiene éxito a tenor de misivas como esta en las que el joven príncipe implora más consejos:

“Ayer por la noche me puse sobre la princesa, pero no salió nada de mí, os escribo para que me respondieseis si todavía queda alguna cosa que debáis decirme a propósito de esto”. Felipe V llega a insinuar a su hijo que se deje instruir por su esposa, sabedor que su consuegro y tío, el duque de Orleáns es más experto en sexo que él, puesto que las noticias de las orgías que organiza traspasan las fronteras de Francia, pero Luisa Isabel sabe incluso menos que su marido sobre qué hacer en la cama. Además, el regente está para pocos trotes; esa vida llena de excesos le está pasando factura. Tanto es así que el 2 de diciembre de 1723, Felipe de Orleáns deja este mundo.

Cuando Luisa Isabel se entera de la muerte de su padre, rompe en un llanto tan inconsolable que incluso las personas que se encuentran con ella temen que esta pérdida tenga fatales consecuencias para la princesa de Asturias.

La psicóloga y escritora Alejandra Vallejo-Nágera, en su obra Locos de la Historia, hace hincapié en este episodio de la vida de nuestra protagonista y explica cómo una persona que ha sido criada sin el afecto de sus padres puede sentir tal dolor ante la muerte de su progenitor.

“De haber sido la princesa una persona equilibrada emocionalmente, lo más probable es que su reacción buscase llamar la atención… pero no es éste el caso. La lesión psíquica que padece explica su modo de actuar. Luisa Isabel está verdaderamente triste, se siente desamparada y sola, su duelo es profundo y auténtico. Las víctimas de un trastorno de personalidad como el suyo viven apegadas a una fi gura dominante de la infancia sin que importe demasiado la calidad de su relación. Felipe de Orleáns, desde luego, dista mucho de haber sido ejemplar, pero aun así es el adulto que más cerca ha estado de Luisa Isabel”.

Sin embargo, superada la muerte de su padre, la princesa continúa con su carácter rebelde. Se niega a asistir al aseo de la Reina y es obligada casi a la fuerza a dar el paseo matutino, cosa que hace totalmente desarreglada, sin apenas entrar en las conversaciones y aprovechando la más mínima ocasión para echarse al suelo a descansar y obsequia a menudo a los presentes con sonoras ventosidades.

Y mientras esto sucede, Felipe V, cuyo declive físico y mental avanza imparable, decide darle a su hijo un nuevo quebradero de cabeza al anunciar públicamente su abdicación y retiro. Luis se convierte en Rey de España con diecisiete años y Luisa Isabel, con quince, en su reina consorte.

“UNA TERRIBLE ADQUISICIÓN”
Estas palabras son pronunciadas por Isabel de Farnesio cuando en su retiro junto a su esposo en La Granja, recibe la visita de los ahora reyes. En lugar de mostrarse como se espera que lo haga una reina, Luisa Isabel se dedica a correr por los jardines en camisón y no tiene reparo en que sus muslos y otras partes íntimas queden a la vista de quienes están cerca. El joven rey no sabe qué hacer con su esposa. Desde la muerte de su padre, Luisa Isabel acomete toda clase de actos destructivos y, entre otras cosas, ha sido sorprendida en más de una ocasión desnuda junto a tres camaristas jugando a azotarse el trasero con una vara. A Luis I le trata a veces con idolatría y otras, las más, muestra un odio exacerbado hacia su persona. El rey de España ya es consciente de que su mujer “va de mal en peor, y si le digo algo se descompone conmigo. No se qué hacer”. Esto le escribe desesperado a su padre a quien confiesa que “preferiría estar en galeras a vivir con una criatura que no observa ninguna conveniencia”.

Aun así, el amante esposo hace lo imposible por hacerla entrar en razón lo que provoca un sentimiento de culpa en ella tan fuerte, que la lleva a autolesionarse cuando vislumbra la amenaza de un abandono. Cuando eso ocurre, no duda en arrodillarse ante su esposo implorando perdón y jurándole que va a cambiar, cosa que su esposo cree dada su candidez. Pero esa ilusión le dura poco al joven rey.

Luisa Isabel no tarda en volver a sus andadas. Tampoco a la hora de comer sus modales se afinan lo más mínimo. La reina es bulímica y pasa de negarse a probar bocado a engullir a escondidas cuanto ve.

Esos trastornos alimenticios, en realidad, no son nuevos. Desde que puso un pie en nuestro país, su dieta dista mucho de ser equilibrada y asombra y asquea a aquellos que presencian cómo da cuenta de platos fríos, puesto que no soporta la comida caliente, da igual que sean carnes, pescados o sopas congeladas, que mezcla sin orden alguno con dulces y mucho picante. El marqués de Santa Cruz relata en una carta a Felipe V que se “ha llenado de rábanos y de ensalada con vinagre que no se como no revienta, pero por comer se pierde tanto que hasta come el lacre de los sobres”.

Estos excesos con la comida le acarrean fuertes infecciones intestinales, pero ella no solo no abandona sus hábitos alimenticios sino que, además, los agrava con la ingesta cada vez mayor de grandes cantidades de vino, cerveza y otros licores que pronto hacen que sea habitual verla borracha por los pasillos del palacio. La locura de Luisa Isabel parece agravarse cuando una nueva obsesión se instala en su atormentada mente: la obsesión por la limpieza. La reina se afana en limpiar compulsivamente baldosas, cristales y ropa que solo está sucia en su imaginación y no tiene el más mínimo reparo en, durante una recepción pública y ante la asombrada mirada de los presentes, quitarse el vestido y comenzar a fregar el suelo con él.

Este suceso es la gota que colma el vaso para Luis I y su padre, a quien el primero sigue obedeciendo en todo. Finalmente, ante el cariz que está tomando la situación se decide confi nar a la reina en un lugar en el que no moleste demasiado.

Fingiendo que es llevada a dar un paseo por la Casa de Campo, es arrestada y llevada al llamado “palacio grande” el 4 de julio de 1724.

Luisa Isabel, espantada por tener que cambiar su casa por esta nueva y desangelada estancia, suplica perdón a su esposo, quien, de nuevo, después de dieciséis días de continuas súplicas de su esposa, accede a poner fi n a su cautiverio.

EL FIN DE UN REINADO
La vuelta de Luisa Isabel, sumisa y dispuesta a acatar las órdenes de su marido, no es más que otro espejismo. No hay nada que hacer con la reina. Luis I decide al poco que recuperar a su esposa es una batalla perdida y se lanza a explorar los placeres del Madrid nocturno y a cazar durante días, olvidándose tanto de su desquiciada mujer como de atender los asuntos de Estado. Todas las preocupaciones que han ido acumulándose en el joven rey, aunque desde fuera no se aprecien, van haciendo mella en Luis I. El 15 de de agosto de 1724, el monarca comienza a sentirse indispuesto y el 21 se le diagnostica la viruela. Los hermanos de Luis I son sacados del palacio con urgencia por temor a que se contagien pero, sorprendentemente, Luisa Isabel se niega a abandonar a su esposo por el pánico que sufre al pensar que va a volver a quedarse sola.

En contra de lo que su estado mental pudiera hacer pensar, Luisa Isabel se desvive en procurar amor y cuidados a su marido y se dedica en cuerpo y alma a intentar que recupere una salud que poco a poco va desapareciendo de Luis I. Tras una horrible agonía, el 31 de agosto, Luis I abandona el mundo de los vivos habiendo sido rey apenas 8 meses y dejando a una viuda de quince años que presenta un estado deplorable y que, además, se ha contagiado de viruela.

Pero la todavía reina no sigue el mismo camino que su marido y sobrevive casi de milagro a la terrible enfermedad. Surge ahora el problema de quitarse de en medio a un personaje tan molesto como es Luisa Isabel de Orleáns. Hay quien piensa en desposarla de nuevo, esta vez con Fernando, el heredero al trono, pero Isabel de Farnesio se apresura a salvar a su hijastro y a todo el país de tener que soportar la locura de Luisa Isabel por más tiempo.

POBRE LOCA
Se decide enviarla de vuelta a Francia. Sin embargo, la empresa parece mucho más difícil de lo que pueda parecer puesto que en el país vecino tampoco quieren que este personaje aparezca de nuevo por allí. Luis XV, accede a que vuelva pero impone unas duras condiciones para su regreso entre las cuales, está la exigencia de que Luisa Isabel no ponga un solo pie en París. Finalmente se decide que se instale en el castillo de Vincennes en 1725. Allí vivirá en su mundo de locura y de paranoias. Se abandona a la comida, lo que le acarrea una peligrosa obesidad a pesar de no tener aún los diecisiete años de vida.

Poco a poco, Luisa Isabel de Orleáns, aquella que ha sido reina de España va cayendo en el olvido. Ingresa voluntariamente en un convento al poco tiempo de su destierro francés, hasta que en 1742 la desordenada vida y su estado mental propician que Luisa Isabel deje el mundo de los vivos para pasar a descansar eternamente en la iglesia francesa de San Sulpicio. Se acaba así la vida de una persona que no debía haber sido nunca reina de España. No pasará a la historia como una de las grandes reinas de España, pero como reina de España que fue, aunque loca, merece que su historia se cuente. ■

Este artículo fue publicado en Historia de Iberia Vieja, nº137 de noviembre de 2016

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