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Miguel Hernández la soledad del poeta

Jueves 19 de Enero, 2017
En sus apenas 31 años de vida Miguel Hernández se convirtió en uno de nuestros poetas más necesarios y universales. Cuando se cumplen 75 años de su muerte en una cárcel de Alicante, revisamos su figura de la mano de su mayor conocedor, José Luis Ferris

EL 28 DE MARZO DE 1942 moría en una cárcel de Alicante Miguel Hernández, luminoso epígono de la generación del 27, autor de Perito en lunas (1933), El rayo que no cesa (1936), Viento del pueblo (1937), Cancionero y romance de ausencias (1941) –que se cerraba con las míticas Nanas de la cebolla–, o El hombre acecha (1939, inédito hasta 1981).

Pastor de cabras, autodidacta y frecuentador de tertulias literarias, el oriolano se abrió camino en Madrid en las revistas que entonces pegaban fuerte, auspiciado por Pablo Neruda y otros prebostes de las letras. Sus versos manaban de una fecunda tradición a la que Miguel añadió la honda inocencia de su mirada. Practicó el teatro con igual reverencia a los clásicos e idéntico afán renovador: su auto sacramental Quién te ha visto y quién te ve y sombra de lo que eras es tan Calderón como Bergamín, tan San Juan de la Cruz como Azorín.

Fue una pena que Lorca lo excluyera de su “banda”, tras la insistencia del oriolano en que escribiera un elogio de Perito en lunas, que, le constaba, a Lorca le había gustado. Este no lo hizo y le aconsejó que no fuera tan vanidoso, a lo que Miguel Hernández replicó: “No es vanidad, amigo Federico Lorca: es orgullo malherido”. Con el tiempo, Miguel Hernández se resarciría del silencio y el desdén de los Lorca, Alberti, Cernuda y otros, y se ganaría el respeto de Neruda, Aleixandre y las celebridades que frecuentaban el salón del diplomático chileno Carlos Morla Lynch, amigo íntimo de Lorca por lo demás.

A Miguel lo despreciaban porque no era de su clase y hacía patria del terruño, y este, a su vez, menospreciaba a los poetas aburguesados de la ciudad, cuyo compromiso político le parecía un simple disfraz. Sea como fuere, la ojeriza fue más o menos llevadera, y la elegía que el poeta “cabrero” escribió tras el asesinato de Federico (“Atraviesa la muerte con herrumbrosas lanzas…”) es una de las más hermosas y tristes de nuestra literatura. Ya había estallado la guerra, y Miguel se entregó a la causa del bloque perdedor. Se incorporó al Ejército Popular de la República, participó en el II Congreso Internacional de Intelectuales en Defensa de la Cultura, viajó a la URSS y concilió en el frente sus facetas como soldado y como poeta. Fue el portavoz de la dignidad en la derrota. Condenado a muerte y, más tarde, a treinta años de prisión, falleció en la enfermería de la cárcel de Alicante a los treinta y un años de edad. Su compañero en la sombra, Antonio Buero Vallejo, le dibujó ahí su retrato más famoso, que Miguel envió a su esposa Josefina Manresa con estas palabras: “Ya que no puedo ir de carne y hueso, iré de lápiz, o sea, dibujado por un compañero de fatigas, como verás, bastante bien”

Miguel Hernández fue víctima y testigo a finales de febrero de 1939 de la desbandada y del caos que imperaba a su alrededor.

Más que defender ya lo indefendible, lo que ocupaba el pensamiento de cualquier intelectual o soldado era asegurar la propia vida y buscar soluciones tan inmediatas como el exilio o el asilo político en alguna embajada. El consejo que recaba esos días de Vicente Aleixandre y de Cossío es que abandone España cuanto antes, ya que su nombre, por la relevancia que había adquirido durante la Guerra Civil, sería de los primeros en aparecer en la lista de represaliados.

Por mediación de Antonio Aparicio y de Juvencio Valle, se anima a visitar a un viejo conocido, Carlos Morla Lynch, encargado de negocios en la Embajada de Chile en Madrid. Aparicio ya se había adelantado a solicitar asilo diplomático en esta sede de la calle del Prado, así como Antonio Hermosilla, director de El Liberal, Antonio de Lezama, redactor del mismo diario, o el escritor Pablo de la Fuente.

ÚLTIMOS DÍAS EN MADRID
La figura de Morla Lynch resulta clave para reconstruir los últimos días de guerra en la capital, así como la suerte que iba a correr Miguel (y sus correligionarios poetas) ante el peligro que se cernía sobre ellos. Y el primer dato nos sitúa temporalmente en la mañana del domingo 26 de febrero de 1939. Ese día, el diplomático chileno fue a ofrecer ayuda a sus amigos más cercanos (y también más significados) de la Alianza de Intelectuales Antifascistas. Se desplazó a Marqués de Duero, 7, pero allí le comunicaron que María Teresa León y Rafael Alberti no se encontraban en el edificio, sino en el que, desde hacía unas semanas, era su nuevo domicilio.

En efecto, por precaución, el matrimonio se había trasladado a la vivienda del arquitecto Luis Gutiérrez Soto, requisada durante la guerra, que estaba situada en la madrileña calle de Velázquez. Allí habían llevado todas sus pertenencias, las que pudieron conservar después de casi tres años de contienda, entre ellas, su biblioteca y algunos cuadros de gran valor que habían sido regalados personalmente a María Teresa (obras de Solana, Zuloaga y Domínguez Bécquer) y varias esculturas de Alberto Sánchez. Aquel último domingo de febrero se encontraban con Santiago Ontañón en el nuevo hogar ultimando los detalles de su salida del país.

No hay extensión más grande que mi herida, lloro mi desventura y sus conjuntos y siento más tu muerte que mi vida.

Aunque bajo la tierra mi amante cuerpo esté escríbeme a la tierra que yo te escribiré

Desperté de ser niño. Nunca despiertes. Triste llevo la boca. Ríete siempre.

Un carnívoro cuchillo de ala dulce y homicida sostiene un vuelo y un brillo alrededor de mi vida.

No te asomes a la ventana, que no hay nada en esta casa. Asómate a mi alma

 

Tristes guerras si no es amor la empresa. Tristes, tristes. 
Tristes armas si no son las palabras. Tristes, tristes. 
Tristes hombres si no mueren de amores. Tristes, tristes.

 

Lee el reportaje completo en Historia de Iberia Vieja nº139

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